Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.

Claudio Rodríguez

Tras días de encierro, me siento frente al ordenador y me dispongo a escribir sobre un libro cuadrado que ha transformado mis últimos días. Arturo Martí acude a la poesía como deberíamos acudir nosotros al mundo: como filósofo. Escribe desde el asombro para atender el llamado de la luz: la luz despierta, crea y recrea todas las cosas, así Arturo Martí va construyendo el orden verbal de la experiencia del vivir, tan atravesada por el lenguaje poético: «Siempre llega el momento en que la claridad/como el acto más simple/pide estancia y lugar, pide partir/y pasar de ser hombre a ser huella o ceniza/que el universo deje suspendida/en todo lo invisible, para todo/lo que nace y en todo lo que brilla». La luz no solo ha encontrado su forma en las cosas sino también en el poema, estos son algunos de los versos de Martí que nos remiten a la lírica iluminada y ascendente de Claudio Rodríguez en su Don de la ebriedad (1953). Arturo Martí ha asimilado las sentencias de Rilke, ha entrado en el lugar de la poesía, aquel bosque que no holló palabra alguna. El poeta precisa renunciar, vaciarse para dejar entrar la belleza: «Ser una mirada que se pierde/entre las cosas,/un ahora atento sin su tiempo:/para quien busca la verdad,/desaparecer –cesar en el ser–/es todo lo posible». Arturo Martí asume desde el inicio la paradoja del lenguaje, su incapacidad de nombrar; es allí donde el poeta encuentra –en esa contradicción– el lugar de lo inefable, lo que está más allá de lo que no puede decirse. En este silencio habita lo divino, el regocijo de la voluntad de la vida, como advertía Rilke: «Un Dios que revela su fuerza/no tiene sentido./Tú debes saber que Dios te penetra con su soplo/desde el origen./Y cuando tu corazón arde sin traicionar nada/es que Él está allí».

Este poemario me ha servido de ventana para mirar todo lo que el cielo y la luz encubren. El poeta quiere crear en el poema la rosa de Huidobro («Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!/Hacedla florecer en el poema;/Solo para nosotros/Viven todas las cosas bajo el Sol./El Poeta es un pequeño Dios»), sí, pero también quiere sugerir su florecimiento como misterio infinito; es el impulso de la vida que el lenguaje intenta nombrar y capturar: «Una distancia infinita,/con raíz profundísima,/teje las cosas perdidas:/su correspondencia es la vida». Arturo Martí ha entendido el viaje del despojo, es un poeta que habita una búsqueda, la de la conmoción, pues «allí pide/un ataque al sentido en su médula». El poeta pretende dejar entrar la luz a través del poema: «renunciar al decir/y hallar nuestra morada en el destello». Nos invita a residir en el instante del prodigio, del milagro… sean la luz, la poesía o el amor (acaso estas una misma cosa). La salvación está en el amor y en sus gestos, en el espacio sin tiempo donde ocurre el encuentro amoroso. Arturo Martí rechaza el tópico del locus amoenus del jardín edénico, del juanramoniano: «alcanzar el jardín es imposible». El amor está en otro lugar, está en la contemplación del otro mortal, en la disciplina secreta de la compañía: «que treinta años a tu lado/sean suficientes para vencer/a la muerte que habita en las estrellas,/en tus respiraciones,/la inagotable ceremonia/en que mis ojos te contemplan/mientras/el mundo/se apaga». Está todo salvado si nos acercamos, si logramos mirarnos. Me asomo al poemario que me ha acompañado durante dos semanas de claustro y respiro «No hay muerte ni extinción,/tan solamente vida».

Andrea Sofía Crespo Madrid

Consigue el libro pinchando aquí